lunes, 19 de enero de 2015

EN EL AEROPUERTO DE MOSCÚ HAY WIFI

  
Ya estoy en Moscú haciendo escala. En un principio iba a ser de doce horas, pero al final se van a convertir en unas siete. Todo ello gracias a un viajecito un poco peculiar...

Ayer subimos al avión con 45 minutos de retraso. Parece que estuvimos esperando a que empezase a caer esa bonita nevada que tuvo lugar en Madrid. Una vez en el avión procedimos al mismo ritual de siempre: sentarte pasando por encima de los dos chinos que ocupan los dos primeros asientos de tu fila y observar muy atentos a la azafata  mientras nos explica, en tres idiomas, cómo podemos salir del avión en caso de emergencia siguiendo las lucecitas del suelo que nos llevarán a las distintas puertas: dos delante, dos en la zona central y dos en la parte de atrás. ¡Por cierto! No olviden que si viajan con niños... No, yo no viajo con niños, pero la mujer de la fila de al lado sí, y ha llorado "un poco".

Parecía que ya estaba todo listo para el despegue, pero... ¡Noo! Había que descongelar el avión. Normal, esperamos a que Madrid se convirtiese en una nevera gigante para ponernos en marcha y claro, con ese frío "a ver quién se mueve" - pensó el avión-. Me quedo dormida mientras nos descongelan, hasta que, tal y como sucede en las películas,: "¿Hay algún médico en el avión? Necesitamos un médico". Maaaadre mía. No sé si habría algún médico en el avión, al menos los dos chinos que iban a mi lado no lo eran, o no quisieron decir que lo eran. Al final llegaron médicos de fuera a atender a una persona que viajaba en primera clase. Pasó bastante rato, pero al final parece que todo estaba bien.

























De nuevo megafonía. Estamos listos para despegar, pero... ¡Noo! ¡Nos hemos vuelto a congelar!

Finalmente, tras cuatro horas subidos al avión, despegamos. Que conste que no me estoy quejando ¡eh!, que a mí todo ese follón me quitaba horas en el aeropuerto de Moscú.

Rápidamente me quedo dormida. Cuando abro un ojo están repartiendo la cena, a las cinco de la mañana más o menos. No sé de dónde saqué la brillante idea de pedirla y de empezar a comerme el pollo - que estaba bueno-, con lo bien que me sienta últimamente la comida. Sólo sé que falto muy, pero que muy poco, para pasar corriendo por encima de los chinos  y llamar desesperadamente a la puerta del servicio. Al final me concentré, me empecé a abanicar y conseguí reprimir las ganas de echar todo lo que tenía dentro. Y me quedé dormida. Y cuando me desperté la bandeja de la comida ya no estaba. Gracias.

Y llegó la paz. La señora que no paraba de reírse a carcajadas dos filas más atrás se calló y yo me dormí profundamente. Sólo abrí una vez los ojos y luché por no volver a cerrarlos para no dejar de mirar por la ventanilla. Lo que veía era espectacular, parecía una película y  me sonreía a mí misma de poder disfrutar  de esta vista.

En el interior todo estaba a oscuras. En el exterior brillaban miles de estrellas y pequeños aviones parpadeaban a lo lejos. Daba la sensación de estar dentro de una de bola de nieve. Mirando hacia arriba se podía ver la curvatura del Universo, como si de una cúpula  se tratase; hacia abajo una capa de nubes tan fina como el algodón de azúcar lo amortiguaba todo.

Pero cerré los ojos. La siguiente vez que los abrí fue debido al sol que me deslumbraba mientras sobrevolábamos un mar de nubes.

Y así me quedé, abriendo y cerrando los ojos constantemente hasta que aterrizamos.



¡Por cierto, el aeropuerto de Moscú está muy bien, limpio y tranquilto, y tiene Wifi. Ya solo me quedan aquí unas seis horas! ¡Y estos dos de aquí arriba son los mejores padres del mundo!  

Inés.

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