Ya estoy en Moscú haciendo
escala. En un principio iba a ser de doce horas, pero al final se van a
convertir en unas siete. Todo ello gracias a un viajecito un poco peculiar...
Ayer subimos al avión con 45
minutos de retraso. Parece que estuvimos esperando a que empezase a caer esa
bonita nevada que tuvo lugar en Madrid. Una vez en el avión procedimos al mismo
ritual de siempre: sentarte pasando por encima de los dos chinos que ocupan los
dos primeros asientos de tu fila y observar muy atentos a la azafata mientras nos explica, en tres idiomas, cómo
podemos salir del avión en caso de emergencia siguiendo las lucecitas del suelo
que nos llevarán a las distintas puertas: dos delante, dos en la zona central y
dos en la parte de atrás. ¡Por cierto! No olviden que si viajan con niños...
No, yo no viajo con niños, pero la mujer de la fila de al lado sí, y ha llorado
"un poco".
Parecía que ya estaba todo listo
para el despegue, pero... ¡Noo! Había que descongelar el avión. Normal,
esperamos a que Madrid se convirtiese en una nevera gigante para ponernos en
marcha y claro, con ese frío "a ver quién se mueve" - pensó el avión-.
Me quedo dormida mientras nos descongelan, hasta que, tal y como sucede en las
películas,: "¿Hay algún médico en el avión? Necesitamos un médico".
Maaaadre mía. No sé si habría algún médico en el avión, al menos los dos chinos
que iban a mi lado no lo eran, o no quisieron decir que lo eran. Al final llegaron
médicos de fuera a atender a una persona que viajaba en primera clase. Pasó bastante rato, pero al final parece que todo estaba bien.

De nuevo megafonía. Estamos listos
para despegar, pero... ¡Noo! ¡Nos hemos vuelto a congelar!
Finalmente, tras cuatro horas
subidos al avión, despegamos. Que conste que no me estoy quejando ¡eh!, que a
mí todo ese follón me quitaba horas en el aeropuerto de Moscú.
Rápidamente me quedo dormida.
Cuando abro un ojo están repartiendo la cena, a las cinco de la mañana más o
menos. No sé de dónde saqué la brillante idea de pedirla y de empezar a comerme
el pollo - que estaba bueno-, con lo bien que me sienta últimamente la comida.
Sólo sé que falto muy, pero que muy poco, para pasar corriendo por encima de los
chinos y llamar desesperadamente a la
puerta del servicio. Al final me concentré, me empecé a abanicar y conseguí
reprimir las ganas de echar todo lo que tenía dentro. Y me quedé dormida. Y
cuando me desperté la bandeja de la comida ya no estaba. Gracias.
Y llegó la paz. La señora que no
paraba de reírse a carcajadas dos filas más atrás se calló y yo me dormí
profundamente. Sólo abrí una vez los ojos y luché por no volver a cerrarlos
para no dejar de mirar por la ventanilla. Lo que veía era espectacular, parecía
una película y me sonreía a mí misma de
poder disfrutar de esta vista.
En el interior todo estaba a
oscuras. En el exterior brillaban miles de estrellas y pequeños aviones
parpadeaban a lo lejos. Daba la sensación de estar dentro de una de bola de
nieve. Mirando hacia arriba se podía ver la curvatura del Universo, como si de una
cúpula se tratase; hacia abajo una capa
de nubes tan fina como el algodón de azúcar lo amortiguaba todo.
Pero cerré los ojos. La siguiente
vez que los abrí fue debido al sol que me deslumbraba mientras sobrevolábamos
un mar de nubes.
Y así me quedé, abriendo y
cerrando los ojos constantemente hasta que aterrizamos.
¡Por cierto, el aeropuerto de
Moscú está muy bien, limpio y tranquilto, y tiene Wifi. Ya solo me quedan aquí unas seis horas! ¡Y estos dos de aquí arriba son los mejores padres del mundo!
Inés.



Tan pelota como siempre.
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