Amanecimos en Orchha, una ciudad palaciega muy poco conocida entre los turistas -pero
más que recomendable visitar-, que se encuentra en el Estado de Madhya Pradesh.
Nada más salir del hostal, compramos un poco de fruta y el dueño de este nos
invitó a jalebi, unos dulces
anaranjados con forma de lazo muy ricos (según Anto están malísimos). Fuimos
hacia la plaza principal en la que había un mercado, y en una de las calles que
conducían a esta nos pusieron el puntito en la frente. A mí también me colocaron
el sindoor, una línea roja en la raya
central del pelo que identifica a las mujeres casadas. En mi caso lo dieron por
hecho al verme con Anto; y yo decidí no quitármelo ya que me resultó gracioso.
Atravesamos el puente que pasa por encima del río Betwa, donde un Brahman nos dio la bienvenida, y nos pidió alguna que otra monedilla, y llegamos a la fortaleza. A la entrada compramos el ticket que nos permitiría visitar los monumentos más destacados de la ciudad por 250 Rp. Por cierto, digo ciudad porque la gente la denomina así, pero más bien es un pueblito de unos 9.000 habitantes.
El primer palacio-fortaleza que
visitamos fue el Jehangir Mahal que, a nuestro parecer, fue el más bonito de
todos. Tiene la base rectangular, varios niveles de altura y multitud de
habitaciones y pasillos por los que uno puede perderse. Está bastante bien
conservado, y todavía se pueden apreciar restos de la decoración hecha con
lapislázuli. Tuvimos la suerte de poder visitarlo casi solos. A continuación
visitamos el Raj Mahal, donde pudimos observar numerosas habitaciones pintadas
con motivos de batallas, dioses, animales, etc. y el Raj Proveen Mahal, rodeado
de un jardín que se mantiene cuidado. Lo cierto es que estos palacios nos
gustaron muchísimo. Tienen cierto encanto. A pesar de estar medio abandonados,
se conservan en buen estado; parece que no han sido reformados y no intentan
convertirse en una atracción turística. Simplemente están ahí, lo que permite
al viajero que se adentra en ellos sentirse como un auténtico Harrison Ford en
Indiana Jones.
Comenzamos a descender entre
naturaleza salvaje hasta llegar a los restos de los antiguos establos de los
camellos; y desde ahí seguimos caminando entre pequeños templos, flores
amarillas y cabras hasta la orilla del río. Allí, unos niños que acababan de
salir de la escuela, se vinieron con nosotros y empezaron a bañarse, mientras
unas mujeres lavaban la ropa. Estuvimos descansando un rato hasta que nuestras
barrigas empezaron a gruñir y emprendimos el camino de vuelta. Nada más cruzar
el puente nos sentamos en un pequeño restaurante, pero aquí a la señorita no le
parecieron bien lo precios, y después de estar un rato mirando la carta,
decidió que no era el lugar adecuado para comer. Así que nos levantamos y
continuamos buscando otro sitio. Al final ninguno me pareció bien, por rata. El
cabreo y el hambre de Anto comenzaron a aumentar paralelamente. Acabamos
comprando samosas en un puestecillo y quedándonos con hambre, jeje.
Volvimos a atravesar la plaza y una chica que hablaba español me paró para regalarme una pulsera y para hacer una pinky promise de que volvería a su puesto más tarde. Nunca regresé. Eso fue algo que Anto jamás me perdonará. Decidimos volver a la habitación a descansar un poco antes de continuar.
Volvimos a atravesar la plaza y una chica que hablaba español me paró para regalarme una pulsera y para hacer una pinky promise de que volvería a su puesto más tarde. Nunca regresé. Eso fue algo que Anto jamás me perdonará. Decidimos volver a la habitación a descansar un poco antes de continuar.
Comenzamos a caminar hacia otro
de los templos que venía incluido en el ticket y que se encontraba en lo alto
de una colina. No recuerdo el nombre, pero si tuviésemos que descartar algún
lugar de la visita, diría que este. Desde ahí regresamos al centro de la ciudad
y fuimos a visitar el Ram Raja, un templo que se encuentra justo en el centro.
Tuvimos la suerte de poder entrar y de que nos dejasen acceder a través de una
pequeña puertecita que conducía a un montón de pasadizos a través de los cuales se llega al tejado del templo. Un hombrecillo nos dejó una linterna y, si no
fuese por el grupo de chavales que comenzó a seguirnos, podríamos habernos
sentido de nuevo como auténticos exploradores.
Antes de que se pusiese el Sol
nos pusimos en marcha y caminamos muy rápido hasta llegar a los Chhattri, unos cuantos
cenotafios (monumentos funerarios) rodeados de unos jardines
perfectamente cuidados y a orillas del río. Llegamos con quince minutos escasos
para visitarlos antes de que cerrasen. Pero mereció la pena. Desde ahí bajamos
de nuevo hasta otro punto del río y nos paramos a descansar. Nos sentamos junto
a varios hombres que estaban pescando y vimos cómo a un hombre le afeitaban la
cabeza. Al principio nos hizo gracia, le estaban dejando una coletilla muy hipster, pero luego nos enteramos de que lo hacía como señal de luto por la muerte de su padre y ya no fue tan gracioso.
Regresamos al hostal a cenar. Allí nos
dijeron que nos hiciésemos nosotros mismos la cuenta de nuestra estancia y la mujer del dueño se
dedicó a decorarme la mano con henna con un dibujo realmente bonito. Jugamos un
rato con los niños de la casa y yo me quedé hasta tarde haciendo una entrevista
a Poonam Anand, una abogada que me contó la dramática historia de las mujeres de su familia
para mi reportaje.
Inés :)