Han pasado 10
meses desde que volvimos de la India. Parece mentira que el tiempo pase tan
rápido... Últimamente he estado pensando bastante
y he decidido que ya va siendo hora de continuar lo que empecé con tanta
ilusión. A día de hoy los TFGs ya están entregadísimos, y uno va en camino de
ser publicado, pero sobre eso ya os iré contando. Por ahora retrocedamos al 7
de febrero de 2015...
Cogimos el tren
hacia Agra a las 4:30 a.m. y llegamos a nuestro destino cuatro horas más tarde.
Nada más salir de la estación, los conductores de los tuc-tuc llegaron al
ataque. Tras discutir un rato los precios
nos fuimos con uno con el encargo de que nos llevase a un hostal muy
barato cerca del Taj Mahal. Se dirigió
hacia la Puerta Sur de este, allí se encuentran los hoteles más baratos por ser
una zona menos cuidada y, por tanto, turística; y nos llevó al Hotel SaiPalace. Recomendadísimo. Era un hotel limpio, bonito, con una azotea con vistas
preciosas y barato. El precio normal de una habitación eran 600 Rp, pero
nosotros conseguimos rebajarlo hasta las 400 Rp (5,50 €). En la azotea
conocimos a Nuno y Albo, un padre y una hija de Almería muy majetes que nos
recordaban a Paquillo y que conocían Albuñol.
Sobre las doce del medio día nos pusimos en marcha. Pasamos por delante de las taquillas del Taj Mahal y, como había poca gente, decidimos comprar la entrada para el día siguiente. La entrada para los extranjeros cuesta 750 Rp, y para los indios 20 Rp, cosa que nos cabreó bastante y que seguimos encontrando en la mayoría de los lugares que visitamos. Hay que tener cuidado con un asunto. Al comprar la entrada te dicen que vale para visitar gratis los otros lugares típicos de la ciudad, y es cierto, pero como siempre tiene su truco. El precio de las entradas está dividido entre lo que cuesta la visita al monumento y las tasas que cobra el Gobierno. Estas últimas suponen la mayoría del precio, por lo que sí, la visita es gratuita pero de las tasas no te libra nadie.
Después de dar un paseo alrededor del Taj Mahal echamos a andar un buen rato y cruzamos el río hasta llegar al Itmad-ud-Daula, más conocido como Baby Taj. Como su nombre indica se trata de un pequeño Taj Mahal situado en medio de unos jardines. Es un lugar muy bonito y tranquilo, perfecto para echar una siesta en medio del jaleo de la ciudad.
Comimos parte de los sándwiches de atún y tomate que llevábamos preparados, -el resto se lo dimos a unas niñas-, y compramos un poco de fruta en un puesto callejero. Se nota que aquí los precios ya van subiendo. Con el estómago lleno comenzamos a andar atravesando un barrio muy pobre, pero lleno de casitas de colores y niños sonrientes que se acercaban a nosotros. Lo cierto es que la mayoría de los turistas que pasaban por ahí lo hacían en autobús turístico o en rikshaw, casi ninguno lo hacía a pie. Creo que es el barrio más pobre que atravesamos hasta el momento. Muchos de los niños se encontraban en cuclillas, en un borde de la acera, haciendo sus necesidades, uno al lado del otro, y mirándonos como si nada. ¡Esto se iba convirtiendo en un campo de minas! Parece mentira que este fuese el camino que nos condujese a Mehtabbagh, el parque desde el que observar el Taj Mahal desde su cara norte. Como es normal, allí tampoco pasamos desapercibidos, -y menos Anto con su camiseta de Super Man-. Nada más llegar unos hombres se nos acercaron pidiendo hacernos unas fotos para el periódico, ya que el día siguiente era el Día de la Rosa en India. Y nos hicieron las fotos, ¡y madre mía!, no tienen desperdicio...
Esperamos a que se pusiese el sol y a que nos echasen. Salimos muy confiados, pensando en que a la salida habría un montón de tuc-tuc peleándose por llevarnos de vuelta, pero no fue así. Es más, nadie quería llevarnos. Por listos. Todos los turistas que habían llegado en autobús se subieron y se marcharon, y el resto de tuc-tuc esperaban a las personas que habían traído. Echamos a andar con la cabeza bien alta, pensando en todo el camino que nos quedaba de vuelta hasta el hotel. Eso sí, cada vez que escuchábamos un motor nos girábamos corriendo y estirábamos el dedo a ver si había suerte. Menos mal que al final uno paró con cuatro chicos guiris y, no sabemos cómo, conseguimos apretarnos en el asiento del conductor, eso sí, dejando medio cuerpo fuera.
Por la noche salimos a dar una vuelta por el barrio en el que nos habíamos metido. Anto tenía la barriga como muchos ya sabemos, así que cenó unos plátanos. (Ahora viene cuando yo presumo): En cambio yo, como soy muy valiente, me acerqué a un puestecito en medio de una plaza rodeado de chavales y pedí una de esas cosas que estaban haciendo. Los del puesto me miraron divertidos y me dijeron que... ¡ERA LA PRIMERA EXTRANJERA EN COMER EN EL PUESTO! -cosa que, por supuesto, me llena de orgullo y satisfacción-. Cené un plato de chowneis -no consigo recordar cómo se escribía y Google no me ayuda-; una especie de espaguetis con salsa de soja, picante, huevo revuelto y verduras a la plancha que... ¡delicia!
A las 09:00 a.m del 8 de febrero estábamos en la fila para entrar al Taj Mahal. Todo estaba bastante tranquilito, ni rastro de la fila de gente que vimos la tarde anterior desde el otro lado del río, intentando rodear la tumba. Y es que sí, aunque parezca mentira, el Taj Mahal no es más -ni menos- que eso, una tumba que el emperador musulmán Shah Jahan mandó construir en 1631 en honor a su favorita y difunta esposa Mumtaz Mahal. ¡Ay que ver la cosas que se hacen por amor! O que se mandan hacer...
El Taj Mahal impresiona, para qué vamos a mentir, pero también hay que decir que mucho es postureo. Todo está lleno de indios posturitas que van con sus mejores galas para hacerse la típica foto cogiendo la puntita de la cúpula (ejem... sí, igual que la que nosotros nos hicimos). Posiblemente el Taj Mahal sea el monumento más conocido de la India en el extranjero pero, en nuestra opinión, no representa a la India. No representa a los niños que juegan descalzos a la entrada, ni a los mendigos que piden dinero, ni se ven montones de basura acumulados en las esquinas, y la sencillez y humildad de las personas brilla por su ausencia. Pero vamos, que impresiona y es digno de visitar.
A continuación nos dirigimos al Agra Fort o Fuerte Rojo de Agra. El fuerte se encuentra a orillas del río Yamuna, y fue mandado erigir en 1565 por el emperador mogol Akbar. Es un lugar tranquilo y realmente bonito y cuidado. Paseamos un rato por todos sus rincones, galerías y jardines. Mirando hacia el horizonte, en mitad de la niebla/contaminación, pudimos divisar la silueta del Taj Mahal; parecía un palacio recién sacado de la película de Aladdín.
A la hora de comer nos dirigimos al hotel, comimos a arroz blanco y tortilla francesa -el estómago de Anto lo necesitaba-, cogimos las mochilas y volvimos a la estación de tren. Allí compramos un ticket en la clase general por 190 Rp hacia Orchha. Durante el trayecto todo el mundo trataba de hablar con nosotros, y yo conocí a Chocolate... ¡Ay, Chocolate! A Chocolate la bauticé yo -igual que a Good Morrrning-. Chocolate es una niña pequeña que viajaba con su abuelo y con la que pasé medio trayecto jugando al juego de las palmitas (choco - choco - la -la, choco -choco - te - te...) ¡en español! Fue sorprendente lo rápido que lo aprendió. Cuando bajamos del tren en la estación de Jhansi se asomó por la ventanilla y se despidió con un Bye sister! ¿Se puede ser más adorable?
Cuando salimos a la calle ya era completamente de noche. Como siempre, comenzamos a discutir con todos los conductores de tuc-tuc hasta que conseguimos que uno nos acercase, por un precio que nos parecía razonable, hasta Orchha, que se encontraba a 15 Km. El propio conductor nos llevó hasta el Temple View Guest House, un hotelito barato, llevado por una familia muy amable y acogedora. Eso sí, hay que decir que allí fue la primera vez que vimos cómo la tubería del lavabo se acababa a mitad de camino, por lo que todo lo que echábamos por el desagüe -véase pasta de dientes- acababa en el suelo. Volvimos a cenar arroz con tortilla francesa y nos fuimos a la cama agotados.
Inés :)
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